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Gotzon
Zulueta. Técnico de Prevención de Drogodependencias del Ayuntamiento
de Getxo, Bizkaia
“Los
programas de reducción de daños requieren una mayor
apuesta por la prevención que ayude a pensar más
acertadamente el mundo de las drogas”
Euskadi
ha sido una comunidad pionera en el desarrollo de la prevención
de las drogodependencias. Durante más de una década se ha realizado
un trabajo inédito en nuestro país. Para dar un repaso a este
trabajo, hablamos con uno de los técnicos de prevención que ha
vivido este proceso desde sus orígenes.
¿Qué
balance cabe hacer del modelo desarrollado en Euskadi?
Teniendo
en cuenta que comenzamos casi desde cero a finales de los ochenta,
el balance ha de ser positivo a la fuerza. Tras casi catorce años
de experiencia desde la puesta en marcha de los Equipos de Prevención
Comunitaria (EPC), hoy son más de 40 los Equipos, con casi 60
profesionales, amén de una amplia serie de instituciones y fundaciones
del entorno de la prevención, y una ingente cantidad de material
y recursos de apoyo. Materiales y recursos cuya evaluación habrá
que generalizar. Se ha consolidado un estilo profesional inexistente
en 1988, con diversos perfiles y una formación multidisciplinar;
se ha consolidado también, dentro de sus limitaciones en nuestra
realidad social, una metodología de intervención comunitaria.
No
obstante, la dinámica del fenómeno de las drogodependencias y
de la propia prevención nos obliga a repensar nuestras actuaciones
constantemente, si queremos mantener una mínima eficiencia. Nos
hallamos ante el umbral de un nuevo cambio en el modelo y sobre
todo en la estrategia de intervención, fruto de los cambiantes
modos de consumo, de los ámbitos en que se mueve el fenómeno de
la adolescencia, de la propia crisis de la participación ciudadana,
de un trabajo incipiente pero creciente en la disminución de daños
y riesgos... elementos clave desde una óptica comunitaria. Sin
olvidar aspectos técnicos como la evaluación, las iniciativas
en medio abierto, las potencialidades insuficientemente exploradas
del espacio socio-sanitario...
¿En
qué medida este modelo ha sido asumido por los ayuntamientos?
La
asunción de responsabilidades en materia de prevención no ha sido,
salvo excepciones, suficientemente interiorizada por los ayuntamientos.
La complejidad de un fenómeno como el de las drogodependencias,
con un sinfín de factores implicados en su génesis, unida muchas
veces a una falta de resultados tangibles a corto plazo, favorece
este status quo.
La
elaboración de los Planes Locales ha posibilitado el desarrollo
de un discurso sobre la multidisciplinariedad, la intersectorialidad
y la interinstitucionalidad, difícil de trasladar a la práctica.
Como consecuencia, la prevención de las drogodependencias se asimila
en ocasiones a otras áreas de difícil ubicación municipal como
mujer, cooperación, plan de pobreza,... Quizás sea en este aspecto
donde los “peros” tendrían su mayor exponente. Sin un respaldo
suficiente –no sólo económico– de instituciones de rango superior,
la Administración local puede tener la impresión de un cierto
desamparo.
¿Tiene
sentido actualmente la dedicación exclusiva de los Equipos de
Prevención al campo de las drogodependencias?
Conocida
la cualificación de los EPC, y vista la necesidad de este tipo
de recursos en otros ámbitos, abogo por una línea de trabajo
centrada en la PREVENCIÓN –con mayúsculas y sin apellidos– desde
una óptica de prevención de riesgos en menores y adolescentes,
entroncada en el marco de equipos de intervención socioeducativa
o como promotores de programas de educación para la salud junto
con educadores o sanitarios. Con una salvedad: que la base territorial
de la intervención sea un municipio o una mancomunidad concretos
que hagan posible mantener la referencia comunitaria del trabajo,
a partir de la cercanía de los recursos. Recursos procedentes
del mundo sanitario y del mundo social, que adquieren todo su
sentido en el territorio específico en el que desarrollan su trabajo,
y que pueden y deben actuar de manera coordinada.
En
el marco de la intervención comunitaria, ¿qué iniciativas destacarías?
A
la comunidad escolar (profesorado, alumnado y padres-madres),
se destina una gran parte de los esfuerzos y recursos, por considerarlos
ejes de una política preventiva centrada en la educación en valores
e impulsora de estilos de vida saludables.
Desde
el marco comunitario, destacaría el relanzamiento de las Escuelas
de Padres y Madres, entendidas como punto de encuentro, con una
dinámica de trabajo continuado a lo largo del año, y como modelo
válido de organización. Una iniciativa que existía con anterioridad,
pero que ha recibido un notable espaldarazo de la mano de la prevención.
Igualmente,
destacaría la formación del profesorado sobre aspectos específicos
de la prevención, más allá de la capacitación para el uso de recursos
didácticos de apoyo.
Ha
habido también experiencias interesantes con el movimiento juvenil
y el movimiento asociativo en general, pero tal vez más esporádicas,
dado el plus añadido de dificultad que entraña la participación
ciudadana en estos sectores. Una mayor dificultad motivada por
la crisis de participación existente en una sociedad que tiende
a consolidar de formas delegadas de participación. Necesitamos
redefinir lo comunitario de acuerdo con una visión más cercana
a nuestra realidad sociocultural.
¿Qué
alternativas permitirían reforzar la intervención dirigida a
las familias?
Un
elemento primordial, –por no decir un requisito técnico indispensable–
en una estrategia comunitaria es la participación. Reconociendo
que no vivimos uno de los mejores momentos en este sentido, habrá
que relativizar el logro de resultados y poner el énfasis en aspectos
del proceso, como la organización del tejido social, mientras
buscamos otras estrategias. No todas las familias de un municipio
son potenciales destinatarias de las Escuelas de Padres y Madres:
hay multitud de fórmulas familiares que no se vinculan a la educación
de los hijos.
Se
están abriendo nuevas expectativas de trabajo con padres y madres
mediante publicaciones periódicas de carácter divulgativo sobre
temas relacionados con la educación de hijos e hijas. Actuaciones
cuantitativamente más amplias, pero de un menor nivel de compromiso,
que habrá que evaluar.
¿Cómo
se integran los programas de reducción de riesgos y la prevención?
No
se trata de intervenciones incompatibles, sino complementarias.
De hecho, los programas de reducción de daños requieren una
apuesta previa por la prevención que ayude a pensar más acertadamente
en torno a las drogas. Si hasta la fecha se ha seguido más una
línea de trabajo centrada en la promoción de la salud, dirigida
a individuos sanos o no consumidores, no podemos obviar situaciones
de consumo, no necesariamente abusivo, o situaciones susceptibles
de intervención desde otros niveles de prevención (secundaria
o terciaria). Ejemplos como los programas de objetivos intermedios,
talleres de sexo seguro, intercambio de jeringuillas, centros
de baja exigencia, control de calidad de pastillas, etc., debieran
servirnos para seguir evolucionando. Programas que nacieron rodeados
de polémica, hasta que han acabado normalizando su presencia en
el conjunto de recursos existentes. Lo que ocurre ahora con “Hontza”
no es más que un síntoma de la necesidad de implicar a los ciudadanos
a la hora de diseñar políticas sociales. Al estilo de lo que ocurrió
en Bermeo con el sida, una realidad dramática asumida responsablemente
en su día en el municipio.
  
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