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A
finales del año 2001, Cáritas abrió en Bilbao
un dispositivo orientado a brindar apoyo básico
a drogodependientes sin techo que dormían en
las inmediaciones del Barrio Chino de la ciudad.
Un centro que padece desde su apertura una enconada
resistencia por parte de los vecinos, en lo
que suena a un desafortunado dejà vu.
Racionalizar
percepciones
La
intervención en el campo de las drogodependencias
parece haberse instalado en los últimos años
en una confortable normalidad. Superado el impacto
mediático de la crisis de heroína que en los
años ochenta padeció nuestro país, parece haberse
posado sobre el fenómeno una capa de rutina
y desinterés social. Si una lectura ingenua
concluiría que por fin hemos aprendido a convivir
con las drogas de manera no conflictiva, basta
con que se alce un pequeño escollo para que
empiecen a resonar los ecos de un pasado que
parecía superado. Este “escollo” puede llamarse
“botellón”, “narcosala” u “hontza”. Coinciden
en activar el recelo social hacia todo aquello
que amenace nuestra cómoda existencia de ciudadanos
bienpensantes.
“Si,
pero no en mi casa”, es, junto con aquella otra
perla del “yo no soy racista, pero…”, una de
las frases que con más frecuencia se repiten
cuando estallan procesos sociales de estas características.
Procesos que ponen sobre la mesa la necesidad
de continuar avanzando en el cambio cultural
que la prevención requiere.
Explicar el proceso
Culpar al vecino molesto parece una tendencia
difícil de resistir en estos casos. Así, si
revisamos las hemerotecas de las últimas semanas,
veremos cartas al director, entrevistas, etc.,
salpicadas de apelativos del tipo: insolidarios,
reaccionarios… cuando no el omnipresente fascista.
Pasamos así de satanizar a los drogodependientes,
a satanizar a los vecinos díscolos.
En
esta dinámica, pueden oírse incluso voces de
profesionales avergonzándose en público por
un proceso social que parece contrariar sus
llamadas a una movilización comunitaria idílica.
Pero es que, por más que nos incomoden, los
vecinos resistentes son, también, la comunidad,
la sociedad civil, a la que dirigimos nuestros
mensajes y propuestas. Podemos descalificar
su actuación, pero eso no cambiará un ápice
su oposición social al proyecto.
Mejor
será hacer entre todos un esfuerzo por comprender
lo que ha ocurrido para que, más allá de la
anécdota dramática, podamos extraer aprendizajes
que nos garanticen un futuro con menos sobresaltos.
¿Qué tal si dejamos de disparar sobre el mensajero?
Implicar a la comunidad
En la Comunidad Autónoma Vasca llevamos catorce
años desarrollando un trabajo preventivo sin
precedentes, y con escaso parangón en las comunidades
que nos rodean. Sin embargo, la costumbre y
el menor dramatismo de los consumos actuales,
han favorecido que se baje la guardia ante un
fenómeno cuyas aristas más incómodas parecían
definitivamente pulidas.
Nada
más lejos de la realidad. Decía el clásico que
una comunidad que olvida su historia, la acaba
repitiendo como farsa. Y en esto parece que
estamos. Ojalá esta dinámica sirva al menos
para reforzar la necesidad de continuar apostando
por el cambio cultural que la prevención implica,
en su compromiso por favorecer una acercamiento
social más inteligente al consumo de drogas.
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